Vuelta a la isla

Foto de la entrada: Francisco Moreno (Unsplash)

He vuelto a la calma de una tierra en la que las personas tienen el alma huérfana de prisas.

He vuelto a sentir en mis entrañas esa hermosa sensación de ver el mar, cura de mi mal. A orientarme en función del horizonte en una isla que, a pesar de ser pequeña, ha sido capaz durante muchos años de albergar todos mis sueños.

He abrazado a mi madre y en ese abrazo iba contenida toda la gratitud que le debo. Por haberme tendido siempre sus manos llenas de libertad. Por haberme dejado volar, aunque supiera que iba a caerme, porque sabía que tenía que probar el sabor de la caída, que no hay mejor enseñanza. Por haberme dejado ser una gaviota inquieta y buscar mi felicidad en otras playas, pero sin dejar de darme jamás motivos para regresar a este clima marino.

He puesto a secar mis miedos en la orilla de esa costa que siempre ha sido sinónimo de hogar y he notado cómo poco a poco iba desapareciendo la humedad de mi alma.

He visto brillar al sol con intensidad en pleno noviembre, como dándome la bienvenida, como recordándome que, vaya donde vaya, siempre voy a necesitar el calor de esas coordenadas, esos puntos cardinales que me ofrecen las mejores vistas a la vida.

Me he sentado en la playa y he llenado mis manos de arena para echarla a los relojes y poder apurar unas cuantas horas más a tu lado.

He tomado contigo el sol y también la luna.

He retrasado mi reloj una hora y aun así he sentido que siempre me faltará tiempo para dar las gracias al universo por haberme dejado nacer en este paraíso.

He bailado contigo toda la noche hasta que mis pies me han gritado que les diera tregua y he recordado lo delicioso que era sentir tus manos alrededor de mi cintura al son de cualquier canción.

He leído con las olas como banda sonora y me he dado cuenta de que las palabras tienen mucho más sentido si las leo desde este lado del mar.

He vuelto al lugar en el que nacen mis raíces y he tenido la certeza de que, por mucho que crezca, me ramifique o pierda mis hojas, siempre van a ser estos los suelos a los que quiero agarrarme.

He aterrizado en el lugar que me vio crecer y se me han llenado los ojos de sal porque soy incapaz de asimilar tanta belleza.

He visto de nuevo a mi familia de sangre y también me he reencontrado con amigos con los que, aunque no comparta sangre, siempre querré compartir camino. Y me he dado cuenta como otras tantas veces de que un hogar no lo define un lugar, que hogar es el nombre que le ponemos a los brazos que ansiamos que nos reciban en la terminal de un aeropuerto.

He disfrutado de la deliciosa sensación de sumergirme en el mar en otoño, de pisar charcos en noviembre y que no sean de lluvia, de besarte los labios con sabor a salitre.

He vuelto a decir «guagua», «chacho», «qué calufo» o «no te trabes» sin recibir una mirada de confusión.

Te he vuelto a ver en el parque donde me besaste por primera vez y te he abrazado como si te me fueras a volar, como si quisiera romperte todos los huesos del cuerpo, apreciando más que nunca cada instante a tu lado.

He saboreado otra vez la cerveza en tus labios y me has transportado al verano, he dormido abrazada a ti, he visto cómo te quedabas dormido viendo una película y he sabido con total seguridad que tus pestañas abriéndose por la mañana son el fascinante paisaje que no quiero dejar de contemplar nunca.

Hemos incendiado las sábanas y hemos desafiado a la madrugada.

He disfrutado de nuevo del presente llenando mi paladar del sabor a infancia del gofio, del sabor a terrazas de verano de las papas con mojo, del sabor a Navidad de las castañas asadas…

Me ha seducido de nuevo el carácter de estas gentes, el ambiente cálido que se respira en este archipiélago (y no estoy hablando del clima).

He ido a ver cómo las olas rompían en la orilla y he sido feliz al comprobar que, por primera vez, ellas se rompen antes que yo.

Ha sonado «Hábito de ti» en el coche mientras íbamos al aeropuerto y la voz de Vanesa me ha desgarrado por completo pensando en nuestra inminente despedida.

Me he vuelto a enamorar de ti al ver cómo bailabas con el ritmo de tu país corriéndote por las venas, cuando me susurrabas por la noche y me acariciabas el pelo mientras me quedaba dormida, cuando me enseñaste palabras en tu idioma, cuando reíste con ese hueco tan irresistible entre los dientes, cuando entrelazaste tus dedos con los míos y me sorprendí de lo bien que encajan. Y es que, amor, por muy rota que esté, mis piezas siempre van a encajar en la maravillosa vidriera de tu historia.

He llorado a mares cuando tuve que despedirme de ti y vi tu cuerpo hacerse cada vez más pequeño en el control de seguridad del aeropuerto, justo cuando más grandes y ensordecedoras eran mis ganas de volver corriendo a abrazarte.

He vuelto a recordar quién soy, he resucitado a la niña que vive en mí.

He vuelto a la isla. Y ahora sé que esta isla es el lugar al que siempre volveré.


Miss Poessía

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Escrito por

Canarias, 20 febreros. Estudio Filología Francesa. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

10 comentarios sobre “Vuelta a la isla

  1. Vaya, no sabes lo que me emociona leer esto, Nuria. Siempre me llegas a la fibra sensible con tus comentarios jeje, me alegro mucho de que mis palabras hayan logrado transmitir. Todo un placer tenerte por aquí ❤

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