El día que la hache muda conoció al cero a la izquierda

 

Foto de la entrada: Elizabeth Sung (Unsplash)

La hache muda estaba harta de que silenciaran su voz, de que la obligaran a pasar el resto de su vida afónica cuando tenía mucho que decir y unas cuerdas vocales deseando vibrar para producir en su garganta el grito de la verdad. Pero se dio cuenta de que los dirigentes de la sociedad en la que vivía detestaban la verdad porque no soportaban encontrarse con sus realidades a cara lavada y tener que afrontarlas, que preferían maquillarlas bajo mil capas y máscaras.

Hacía ya mucho tiempo que la hache muda aborrecía su vida porque, ¿acaso vivir es el verbo adecuado para alguien que tiene que resignarse a quedarse callada, a pasar su existencia en el silencio? No, no para alguien que tiene cien mil verdades latiendo en el lado izquierdo del pecho y se muere de ganas de dejarse la voz sacándolas, de desgañitarse.

Ella quería gritar que le repugnaba un país en el que la justicia era injusta e inhumana, en el que un juez dictaba que ser agredida sexualmente por cinco bestias no era violación, sino abuso. Que odiaba que todo en esta vida, hasta los masters, se pueda comprar con dinero. Que maldecía a todos esos políticos que declaraban sin ninguna vergüenza que no hay dinero para las pensiones de los mayores ni para las becas de los jóvenes mientras roban millones y viven a cuerpo de rey con sueldos vitalicios. Y hablando de reyes, también se moría de ganas de chillar que despreciaba una monarquía a la que nunca se le acaba el cuento y que se gasta el dinero público en comprarse ropa cara y matar elefantes en Botsuana.

Estaba cansada de que los demás no apreciaran su valor, de que no se dieran cuenta de que, aunque no tuviera sonido, si decidía abrazar a una palabra podía otorgarle un sentido completamente diferente. Ella, que se había enamorado del mar y que tenía el alma hecha de salitre, conoció a la palabra «ola» y se enamoró de la música que hacía rompiendo en la arena, así que decidió abrazarla y formo otra palabra: «hola». Le pareció un bello acto de amor porque la gente pensaba que eran dos palabras distintas, pero, en realidad, cuando alguien saludaba también pronunciaba el nombre de las ondas caprichosas que movían el mar. Lo mismo le sucedió con la palabra «ay»: harta de que fuera usada normalmente para expresar dolor, decidió unirse a ella para formar la palabra «hay» e inventar así un verbo. Y así hizo también con el «azar»: se entremezcló con ella, decidió quedarse en medio de su cuerpo y así se revolucionaron haciendo nacer la primavera en las flores de «azahar».

Le enfurecía que la consideraran muda cuando, en realidad, cuando se juntaba con la letra «c» tenían un poderoso sonido que formaba parte de muchas palabras. ¿Qué sería de los canarios sin la palabra «chacho»? ¿Cómo podríamos explicar la política actual si no existiese la palabra «chanchullo»? ¿Acaso serían los carnavales de Andalucía lo mismo sin las «chirigotas»? ¿O la vida igual sin «chocolate»? ¿Qué sería de la belleza de las playas de Tenerife sin los «charcos»?

Pero lo que más le molestaba a la hache muda era que nadie fuera capaz de ver más allá de ese silencio y descubrir el ruido que hacía bajo su piel su amor propio, tener melodías encerradas en el cuerpo, pero a nadie que se atreviera a acariciarla.

Por otro lado, estaba el cero a la izquierda. Durante toda su vida, le habían dicho que tenía que ubicarse, encontrar su sitio. Le recriminaban no estar en el lugar adecuado, decían que tenía que moverse a la derecha para tener algún valor. Pero él, que siempre fue más de izquierdas, no entendía por qué tenía que cambiar de lugar para convertirse en uno de esos ceros que redondean la cifra millonaria de algún corrupto que ha robado sin ningún remordimiento el dinero de las personas honradas.

No, por ahí no pasaría. Prefería pasarse su vida siendo él el único que supiera cuál es su valor que desvalorizarse de esa manera. Al fin y al cabo, pensó, era mejor ser el que se atreve a estar en la izquierda y verlo todo desde una perspectiva distinta que ser uno más de esos ceros que forman un rebaño a la derecha de otras cifras.

Jamás había llegado a comprender por qué en la sociedad se les da valor a las personas dependiendo de su posición: el resto de los ceros eran igual que él, tenían la misma forma, el mismo color y habían nacido en el mismo mundo de las ciencias. Sin embargo, si el azar los había hecho nacer unos centímetros más a la derecha del número en el que habitaban, esos ceros valían más. Ansiaba revelarse y formar parte de un mundo sin discriminación ni diferencias, en el que todos valieran lo mismo.

Daba igual con qué número se juntase, todos lo despreciaban y lo marginaban porque decían que no les aportaba nada. Quiso caminar con ocho de la mano, pero él le apartó del camino. Le dijo que no lo necesitaba para alcanzar el infinito, que para eso le bastaba con tumbarse. Cuando le preguntó a uno si podía formar parte de su vida, uno respondió que buscaba otro tipo de cero: un cero a la derecha. Alguien que le aportara valor, que convirtiera su vida en un diez.

Pero un día la hache muda y el cero a la izquierda, que ya estaban cansados de pelear, decidieron rebelarse. La hache abandonó todas las páginas del libro en el que había sido encerrada y lo dejó lleno de faltas de ortografía. El cero decidió marcharse de los problemas en los que lo habían metido sin preguntarle e ir en busca de un mundo más feliz en el que solo existieran las soluciones. De ese modo, en un punto intermedio entre las letras y las ciencias, la hache muda y el cero a la izquierda se encontraron.

Y, aunque siempre les habían dicho que venían de mundos distintos, que no eran compatibles, acabaron enamorándose. La hache muda, que venía del mundo de las letras, encontraba cientos de metáforas para expresar lo mucho que amaba a cero, pero no podía cuantificarlo.  Por su parte, el cero a la izquierda, que venía del mundo de las ciencias, lo sabía todo acerca de fórmulas y números, pero era incapaz de cuantificar su amor y acabó resolviendo que con hache la felicidad siempre tendía a infinito.

 Así fue como la hache muda le dio valor a cero y cero le dio voz a hache. Y se dieron cuenta de que, aunque para el resto del mundo fueran algo accesorio y sin sentido, en su mundo eran lo más importante.


Miss Poessía

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Escrito por

Julia. Canarias, 21 febreros. Estudio Filología Francesa. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

8 comentarios sobre “El día que la hache muda conoció al cero a la izquierda

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