Mi chico revolucionario

Foto de la entrada: Dirty boots and messy hair

Basado en el poema «Mi chica revolucionaria», de Diego Ojeda

Mi chico revolucionario tiene veinticinco y aún no he sabido averiguar si son inviernos o primaveras. Habla árabe, francés, inglés y me hace reír cuando chapurrea español con su acento particular. Odia el sushi y todo lo que no esté bien cocido, las personas falsas que maquillan sus intenciones y ponen máscara a su mirada y la impuntualidad. Tiene tres hermanos y una hermana pequeña a los que hace tiempo que no abraza y su madre trabaja en un bar en el que él se infiltraba de pequeño, cuando tenía hambre, a probar sus platos sin que ella se diera cuenta. Tiene manías desesperantes y defectos irresistibles, el alma más auténtica y llena de verdad con la que me he topado en años y una mirada inefable a la que jamás he sido capaz de encontrar versos.

Conoció hace años a una chica de París que le partió el corazón en mil decepciones y, aunque todavía guarde recuerdos amargos en la recámara de su mente y lugares de su pasado a los que escuece regresar, ama sin barreras y con el corazón abierto de par en par y besa como si quisiera vengarse del dolor bailando con sus labios. Como si la vida jamás le hubiese dolido. A mí me gustaría abrazarlo tan fuerte que todos sus miedos crujan bajo su piel, acariciarlo tan deliciosamente que le crezcan alas para volar juntos y enseñarle que su pasado ya no tiene futuro, que la vida tiene que conjugarse siempre en presente. Me encantaría plantar flores en las grietas de las paredes de su alma, como esas plantas que crecen en el asfalto haciendo el paisaje más bello.

De cómo veía la vida cuando era un niño lo ignoro casi todo, pero sigue conservando esa ilusión y esa mirada pura de la infancia a pesar de sus naufragios. Lo poco que sé es que perdió a un padre al que apenas había conocido, que adoraba inventar juegos con sus amigos, ir a buscar agua con su burro y pasar el día corriendo por la montaña, que su familia aún sigue teniendo un águila y gallinas y que sufrió mucho cuando tuvo que vender a su amada oveja. Todavía sigue diciendo que la vida más auténtica es la que se vive en la naturaleza y le gustaría echar raíces en un lugar parecido a su pequeño pueblo de Sudán cuando sea mayor.

Cuando tiene una idea es casi imposible hacerle cambiar de opinión, cuando va en bici vuela por la ciudad y me cuesta seguirle el ritmo, cuando está triste todo se vuelve gris, cuando baila le devuelve la alegría al mundo, cuando cocina me transporta a su tierra, cuando se ríe su risa es nieve sobre la piel abrasada y cuando nuestros cuerpos se juntan formamos un nuevo continente sin fronteras, leyes ni diferencias. Él es dulzura, fuego, alegría contagiosa. Es mi musa y mi excusa para ser feliz.

Si se levanta contento inunda de música estos doce metros cuadrados y me prepara el desayuno, hacemos guerras de almohadas, salimos a pasear el amor por las calles de esta ciudad, vamos al río y miramos teñirse de naranja las montañas.

Mi chico revolucionario dice que cree en Dios, pero siempre critica su religión porque le parece muy machista y dice que es absurdo que una divinidad mande a alguien al infierno por amar a su manera o beber vino. Pelea y bombardea argumentos cuando alguien hace un comentario contra las mujeres y habla sobre nosotras con la mirada llena de amor. Él es feminista, aunque no lo sepa.

Él es fuerza, risa, es el oasis de este julio ardiente. La tinta de estas líneas, la serendipia más bella y la prueba empírica de que aún quedan personas maravillosas en este contaminado mundo.

Es mi canción del verano, mi historia de cuento sin perdices y llena de principios felices. Es el fuego que vino a prender las cenizas de mi ilusión, los versos que mejor riman conmigo.

Es mi sueño que tengo despierta, la felicidad haciendo jornada de puertas abiertas.


 

Miss Poessía

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Escrito por

Julia. Canarias, 21 febreros. Estudio Filología Francesa. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

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