Vivir a fuego lento

Estos últimos meses he estado trabajando como repartidora de comida a domicilio en bicicleta. Y claro, cuatro horas pedaleando al día dan para comerse mucho la cabeza. Cuando las nubes de la ciudad se van vistiendo de color naranja, a mi mente le da por hacer striptease y empezar a desnudarse poco a poco. Parece que la cantidad de kilómetros que hago es proporcional a la cantidad de reflexiones que van naciendo entre las paredes de mi cerebro pensante.

Y de pronto pienso en lo vagos que nos estamos haciendo, en la urgencia por tenerlo todo aquí y ahora. Vivimos en una sociedad más tecnológica que nunca, que nos permite hacer mil cosas sin movernos del sofá: en un clic podemos pagar nuestras facturas, iniciar una videollamada con alguien para no tener que ir a visitarlo, buscar información, mirar el tiempo, consultar una dirección, comprar cualquier artículo en Amazon o pedir comida a domicilio. De esta manera, pensamos, aprovechamos más nuestro tiempo. Qué productivos somos, qué bien. En lugar de perder el tiempo duchándonos, vistiéndonos y bajando al bar o súper de en frente a comprar comida, podemos abrir una aplicación y hacer que esa comida llegue hasta nuestra puerta mientras nosotros miramos un capítulo de Netflix en pijama o en bolas, sin necesidad de arreglarse y salir. Qué más da, ese tiempo que íbamos a perder ya lo perderá el pringado o la pringada que tenga que pedalear hasta nuestra casa. Además, nos lo hemos ganado después de un largo día de trabajo, ¿no?

El problema no es que hagamos estas cosas, todos lo hacemos a veces. El problema es que, en ocasiones, esta tecnología hace que vivamos siguiendo la ley del mínimo esfuerzo. ¿En qué momento se nos ha ido tanto la olla como para pedir que nos traigan una pizza de la pizzería de la esquina? ¿O como para comprar por Amazon una camisa de la tienda que está a dos calles, en nuestro barrio?

Poco queda para llegar al futuro que describe el libro que estoy leyendo: Lágrimas en la lluvia, de Rosa Montero. Un futuro con robots que traen comida hasta la puerta de tu casa, cintas mecánicas como las de los aeropuertos por las calles para que podamos llegar a los sitios más rápido y sin esfuerzo y casas inteligentes que hagan cualquier cosa que les digamos.

Ya existen empresas de botellón a domicilio, aplicaciones para ligar en las que se puede deslizar de una persona a otra como si fueran camisas de un catálogo de moda online hasta elegir la que más nos gusta, robots con nombres exóticos que te limpian la casa por el módico precio de un riñón y medio… El otro día, además, descubrí mientras esperaba para recoger un pedido en McDonald’s que han puesto unas tarjetas que dejas sobre la mesa si quieres que te lleven la comida. Claro, es que caminar unos metros hasta el mostrador es un esfuerzo sobrehumano…

¿Qué será lo próximo? ¿Máquinas que nos laven los dientes y elijan la ropa que vamos a ponernos al día siguiente? ¿Robots que nos hagan la compra y saquen al perro de paseo? ¿Hologramas hiperrealistas de nuestro crush famoso que se paseen por nuestra casa para alegrarnos la vista?

Muchos podrían pensar al leer esta parrafada que este texto es una crítica a la tecnología. Para nada: la tecnología nos ha hecho avanzar en muchos ámbitos, de eso no cabe duda. Gracias a ella podemos leer miles de artículos en un solo clic, ver clases en vídeo de las mejores universidades del mundo, hablar en directo con un amigo que vive en la otra punta del planeta, aprender a hacer cualquier cosa gracias a los tutoriales de YouTube, hacer que nuestra voz llegue más lejos gracias a las redes sociales, escuchar podcast sobre nuestros temas favoritos mientras hacemos ejercicio…

Sin embargo, esa libertad que nos da la tecnología también nos hace más esclavos de ella. Nos hace estar revisando constantemente las redes sociales por miedo a perdernos algo, pasar horas y horas en Facebook mirando publicaciones que en realidad no aportan nada, llamar a un amigo que vive a un par de edificios de distancia y sentir la necesidad de colgar siempre fotos de lo que estamos haciendo porque, si no hay foto, parece que no pasó.

Además, creo que eso de que la tecnología nos ahorra tiempo es a veces un espejismo. Se tarda más tiempo en pedir a través de una aplicación y esperar a que llegue el pedido del bar de en frente que bajar y comprar la comida uno mismo, en llamar al vecino que ir directamente a tocarle la puerta. Pero nos sentimos bien pensando que, con lo que ganamos, alguien que gana menos que nosotros hace aquello que no nos apetece.

Si la tecnología de verdad nos ahorra tiempo, ¿por qué siempre estamos corriendo frenéticamente de un lado a otro? ¿Por qué luchamos contra el reloj? ¿Por qué casi nunca tenemos tiempo para leer tranquilamente en la naturaleza, pasear, salir a charlar con los amigos o visitar a nuestros familiares?

Quizá sea un poco dramática, pero me parece que todo esto de la tecnología y la comida rápida está haciendo que se nos olvide cómo vivir a fuego lento…


Miss Poessía

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Escrito por

Julia. Canarias, 21 febreros. Estudio Filología Francesa. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

4 comentarios sobre “Vivir a fuego lento

  1. Mil gracias! ♡ Me encanta que te encante y te agradezco mucho que hayas invertido tu valioso tiempo en leerme y dejarme un comentario. Que pases un miércoles maravilloso, un abrazo.

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