Temeraria

Yo venía de un amor repleto de circuitos en curva, derrapando sobre el asfalto de la distancia empeñada en seguir conduciendo pasase lo que pasase, por muchas cuestas o baches que tuviera el camino. La vida insistía en ponerme todos los semáforos en rojo y radares que me hicieran reducir la velocidad, pero yo me jugaba la vida sin parar en esos semáforos, pisando más a fondo el acelerador. Qué más da jugarse la vida, pensaba, si existir lejos de su piel no merecía llamarse vivir. Pero el presente no cesó en su empeño por ponerme las cosas difíciles: desgastó mis ruedas, me puso multas, llenó mi viaje de rotondas, añadió stops y ceda el paso a cada kilómetro y me guio hacia calles sin salidas.

Yo cambié mis neumáticos porque prefería gastar rueda que desgastarme la piel cada día huyendo de su ausencia. Pagué cada multa porque el coste de vivir sin él me parecía un precio mucho más caro a pagar. Me armé de paciencia y me desarmé buscándolo en cada rotonda a la vuelta de la esquina. No paré ni cedí el paso porque cada kilómetro que me alejaba de él me acercaba un poco más a la infelicidad. Encontré la manera de escapar en cada calle sin salida.

Sin embargo, siempre llega un momento en el que hay que frenar. A veces, por mucho que aceleremos, sabemos que nuestra meta siempre va a correr más rápido. Y así, un día, me quedé al mismo tiempo sin fuerzas ni gasolina. Se me desinflaron las ruedas y las ganas. Se me apagó el motor en cada subida y el brillo en los ojos cada vez que miraba por el retrovisor y su cara no se reflejaba en él. Así entendí, de súbito, que nunca aceleraría más que la distancia. Y frené.

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Al principio nos separaban 3110 kilómetros y tuve que enseñar a mi alma atlántica a acostumbrarse al invierno de una ciudad con nieve y huérfana de mar. Luego él cambió de coordenadas y ya solo había 1250 kilómetros entre sus dedos pirómanos y mi piel adicta a los incendios. Pero un día, cuando ya me había acostumbrado a vivir con las grietas de la distancia, me dijo que se iba más lejos. Que volvía a África, a sus raíces. Esas palabras sonaron a fractura bajo el pecho y comprendí que tanto viaje había convertido mis ganas de luchar en un puñado de cristales rotos. Más de 4600 kilómetros eran demasiados…

Y es que todas esas frases de que el amor verdadero pesa más que la distancia, de que dos personas que se quieren pueden con todo y los kilómetros no significan nada cuando la otra persona lo es todo ya no me servían. No, ya no. Comprendí entonces que tenía que irme. No porque quisiera, sino porque quedarme era el camino que menos feliz me iba a hacer. A veces, quieres tanto a alguien que lo puedes dejar ir… Porque entiendes que, aunque te sentirías libre volando en el perímetro de una jaula si él está dentro, hay que volar hasta romper esa jaula. Y la única manera de hacerlo es que cada uno vuele en sus propias coordenadas.

Fue muy difícil tomar la decisión de volar sola, pero hoy sé que fue lo mejor que hice: seguir volando juntos nos hubiera hecho daño. Ahora he conocido a alguien. Alguien que me ama sin miedo ni distancias y que hace que cada día me crezcan las alas un poco más.

No puedo negar que a veces pienso en él. Y me pregunto qué vientos rozaran su vuelo, con cuánta fuerza agita sus alas y si seguirá regalando plumas a todas esas personas que le dicen que no puede volar. Ojalá siga haciéndolo… Espero que siga elevándose muy alto, perdiendo de vista el suelo y descubriendo nuevos cielos. Yo, por mi parte, sigo sobrevolando miedos y tirándome por precipicios.

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Le doy las gracias. Porque me enseñó a saltar sin red ni paracaídas y fue mi primer amor sincero, sin efectos especiales ni maquillaje de intenciones. Y, gracias a eso, ahora sé amar. No amar más, sino mejor.

Por fin he aprendido a cambiar el pie al pedal del freno y a amar sin prisas ni huidas. Qué suerte la mía… Justo cuando estaba pensando en cambiar a punto muerto y descansar de tanto viaje, llega alguien que me hace sentir más viva que nunca y que me ama sin descansos. Y, llegados a este punto de partida, con él solo quiero puntos suspensivos.

Si todas las curvas de mi carretera son como las de su sonrisa, me declaro conductora temeraria.


Miss Poessía

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Escrito por

Julia. Canarias, 21 febreros. Estudio Filología Francesa. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

2 comentarios sobre “Temeraria

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