A contracorriente

Hace unos meses, estaba teniendo una de esas conversaciones largas y existenciales con un amigo. Hablábamos sobre el amor. De pronto, me dijo que me envidaba. Que ojalá él también fuera tan feliz y estuviera tan enamorado como yo. Me explicó que estaba preocupado porque a sus veintiún años todavía no había tenido ninguna relación estable, que le asustaba no haber conocido aún al amor de su vida.

Unas semanas después, una amiga me comentó que tenía la impresión de estar desperdiciando su vida, que apenas había viajado y que se pasaba el día estudiando. Que estaba feliz por mí, que se alegra de que esté haciendo mi Erasmus y conociendo nuevos lugares y le gustaría hacer lo mismo.

Hace poco, un buen amigo que conocí en Francia también me confesó sus preocupaciones. Me dijo que, a sus veintiocho años, jamás había tenido una pareja seria. Que la treintena se acerca peligrosamente y va llegando el momento de centrarse, de hacer eso que la sociedad llama sentar cabeza: encontrar pareja estable, casarse, comprar un piso juntos, tener hijos. Noté en su voz y en su mirada la preocupación por quedarse solo, por no encajar en ese esquema establecido que nos marcan.

Por último, también conocí recientemente a una mujer que me dijo que quiere ser madre, que le da miedo que se le pase el arroz y ser una solterona (qué rabia me da esta palabra) sin hijos.

Yo me preocupo por ellos. He estado reflexionando sobre todas esas palabras y me preocupa esa presión social, toda esa mierda que nos han metido en la cabeza desde que éramos unos renacuajos. Pensamos que somos nosotros los capitanes de nuestro destino, los que decidimos qué vientos mueven nuestras velas y hacia qué puertos queremos navegar.  Nos creemos libres eligiendo en qué jaula queremos volar. Pero la realidad es que, muchas veces, la mayoría de nosotros hacemos lo que hacemos porque estamos condicionados por la opinión general, por la sociedad.

¿De dónde nace esa necesidad de ser aceptados? Nos da miedo salirnos de los moldes establecidos, ir a caminar entre la maleza en lugar de andar sobre los pasos de quienes ya han marcado el sendero. Nadie quiere ser la oveja negra de la manada, todos queremos encajar. Pero, ¿encajar dónde? Somos almas poliédricas influenciadas por personas de mentes cuadradas que nos dicen que debemos adaptarnos a la cuadratura de sus cerebros. Por eso, que encajen otros. Yo quiero ser la oveja negra del rebaño, la pieza del puzle que nadie sepa cómo encajar.

Y es que es absurdo ajustarse a un molde general cuando cada uno de nosotros tenemos una forma diferente. La felicidad no es como uno de esos filtros para Instagram que queda bien en cualquier foto, por eso no podemos pretender seguir la misma plantilla. Hay personas que no son felices siguiendo ese esquema social. Hay quienes encuentran su felicidad viajando con una mochila de polo a polo, mientras que otros prefieren permanecer en la comodidad de sus raíces. Hay quienes quieren casarse, pero a otros la idea del matrimonio les produce alergia. Hay mujeres que disfrutan siendo madres, mientras que otras se sienten mejor sin tener hijos. Hay jóvenes que se sienten a gusto yendo a la universidad o haciendo másteres, otros eligen salirse de ese camino y ser autodidactas o trabajar. Hay tantos caminos como personas, así que no debemos dejar que nadie guíe el rumbo de nuestros pasos.

A mis amigos, les diría que, si quieren tener pareja, casarse, viajar o tener hijos, lo hagan porque quieren. No porque sea más sencillo dejarse llevar por la corriente. Si eso no les hace felices, es mejor dar la vuelta e ir en contra de esos vientos y mareas. Como esos salmones que nadan a contracorriente.


Miss Poessía

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Escrito por

Julia. Canarias, 21 febreros. Estudio Filología Francesa. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

4 comentarios sobre “A contracorriente

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