Los amigos no se besan con los ojos

Cuando nos conocimos, yo estaba tan ocupada intentando mantener a flote una relación que estaba naufragando en la distancia que había amurallado mi corazón para impedir que entrara nadie más. Nos saludamos y supe de inmediato que tú también guardabas por dentro unos cuantos naufragios, pero no quise preguntarte contra cuántos vientos y mareas habías tenido que luchar. Así que, cuando nos dimos dos besos y me dijiste tu nombre, nuestras pieles estaban haciendo una presentación formal de cicatrices. Tus barreras y las mías se saludaron y en ese momento podríamos haber creado la Gran Muralla China con los muros que ambos habíamos levantado debajo de la piel para protegernos del dolor.

Un amigo me dijo esa misma noche que había notado cierta electricidad en nuestra conversación y yo lo negué todo, como quien se sienta en el banquillo de los acusados y niega todas las preguntas del juez, aun sabiendo que sus actos acabarán revelando la verdad. Quizá ese fue el momento en el que empecé a enamorarme de ti, aunque me llevara tanto tiempo admitirlo. Estaba tan obsesionada con no dejar morir la relación a distancia que tenía que mataba cualquier sentimiento que quería surgir en mí. Meses después, cuando terminé esa relación, me di cuenta de que en realidad había estado enamorada de ti todo ese tiempo. No había tenido la valentía de aceptarlo porque, a veces, nosotros mismos somos nuestros peores jueces.

Empezamos a salir juntos sin que yo pusiera un ejército de amigos entre nosotros para protegerme de lo que sentía y así empecé a conocerte: desde los ojos hasta el alma. Tú me invitaste una noche a dar un paseo por tus cicatrices y luego me explicaste por qué y por quién habías levantado cada una de tus barreras. Yo seguía teniendo las mías, pero me costaba mucho más ser tan valiente como tú y contar cómo fui colocando cada ladrillo. Pero entonces me besaste y se fue el miedo.

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Decía Frida Kahlo que amurallar el propio sufrimiento es arriesgarse a que nos devore desde el interior. Tú yo nos dimos cuenta de eso, así que hicimos jornada de puertas abiertas en nuestros corazones y derribamos todos los muros. Esa era la única manera, comprendimos, de que al unir nuestros cuerpos naciera un país libre y unido en lugar de un territorio repleto de fronteras.

Qué bien sienta ahora mirarnos a los ojos sin encontrar cerrojos, amarnos con el alma abierta, huérfana de puertas. Y cuánto tiempo he necesitado para admitir que te quise desde el principio… Porque yo me enamoré de ti como quien se emborracha: poco a poco, sin darme cuenta. Y como el borracho que perdió la cuenta de cuántas copas lleva y no sabría identificar en el fondo de qué vaso perdió el control, yo ya he perdido la cuenta de cuántas veces me has vuelto a enamorar y no sé cuál fue el beso que colmó mis labios tanto que se hicieron dependientes de tu boca.

En fin, tantos párrafos para intentar explicar algo que tú supiste hacerme entender en una frase:

  • Sí, pero eso fue hace mucho tiempo, cuando todavía éramos amigos – te dije ayer.
  • Tú y yo nunca hemos sido amigos – respondiste.

Y con esa frase, a modo de bala, lo comprendí: mucho antes de probar el sabor de tus labios, supe a qué sabían tus heridas. Mucho antes de quitarnos la ropa, nosotros ya nos habíamos desnudado. Antes de besarnos con la boca, nos besamos muchas veces con la mirada.

Ahora, por fin, lo entiendo: los amigos no se miran así. Desde esa primera mirada incendiaria que me lanzaste en aquella sala, prendimos la llama de algo que nunca fue amistad.

 


Miss Poessía

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Escrito por

Julia. Canarias, 21 febreros. Estudio Filología Francesa. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

4 comentarios sobre “Los amigos no se besan con los ojos

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